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Biografia de Efrén Abraham Sánchez Pabón

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Educación y ComunicaciónEfrén Abraham Sánchez Pabón (1969-0000) Educación y Comunicación
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AUTOBIOGRAFÍA DE EFRÉN SÁNCHEZ

I PARTE

Surgió en una tarde fresquita de septiembre, las gotas de refrescante lluvia habían caído todo el día de manera esporádica, limpiando las calles polvorientas en preparación de las ferias que en honor a San Miguel Arcángel se celebrarían semanas después. El aroma estimulante del café recién colado llenaba el hogar de Don Esteban Sánchez y de Doña Petra Pernía… Era el pueblo de Abejales de finales de 1968.
El señor Tomás Ramón, que era el hijo menor, había visto, algunos días atrás, pasar por la calle principal a una dama de belleza espectacular. Su corazón había latido tan fuerte que quería salirse de su pecho natal. No lo pudo soportar y de su afecto unas palabras de romance y sentimiento para ella se propuso declamar y el día fijado se las dijo de manera monumental.
Ella quedó embelezada por tanto sentimiento que de su corazón aquel pretendiente le quería regalar, y en la víspera de aquel romance, la pasión encendió los fuegos de un amor intenso que pudo consumarse sin mayor dificultad.

Entre atardeceres de amores escondidos,
En la inocencia del amor primaveral,
Nació la esperanza de un niño,
Fiel reflejo de un sentimiento especial.

María Catalina, la hija de Don Aniceto Pabón y de doña María de la Cruz, empezó a sentir como su vientre iba creciendo a medida que pasaban los meses.
A finales de esa década, las potencias del momento: Estados Unidos y la Unión Soviética estaban resteados en plena era espacial. Querían lograr la hazaña de llevar el primer hombre a la superficie lunar.
Pero antes de que esto sucediera el 20 de julio de 1969; ocurrió que dos meses antes, o sea, exactamente un día sábado 10 de mayo, de ese mismo año, en el amanecer del día de las madres, trajo a este mundo y a la existencia, a un agraciado niño que fue la mejor recompensa por los tantos dolores de su parto y el mejor regalo en ese, su primer día de las madres.
Tal suceso fue determinante para que unieran su destino y le dieran una mayor solidez a su futuro.
Como ferviente autodidacta que fuera Don Tomás, se puso a investigar en los Anales Sagrados qué nombre le habría de colocar a ese ser nacido para amar. De tal estudio acordaron que su nombre sería Efrén Abraham. Efrén, un derivado del nombre Efraín cuyo significado del hebreo antiguo es “fructífero” y Abraham en memoria del patriarca que llevaba ese nombre como “Padre de mucha gente y a la vez el ferviente Padre de la Fe”.
Quisieron atravesar el arcano del tiempo y proféticamente le impregnaron de un destino, por demás maravilloso.
Así nació este servidor, rodeado de un nombre cargado de gran simbolismo espiritual que a su debido momento sería su pilar fundamental.
Fuí cobijado por el manto cariñoso de una madre devota y de un padre muy inteligente, trabajador y servicial.
En sus faldas aprendí las primeras palabras, recibí y di mis primeros besos, degusté por cuatro años del fluido acuoso que sus pechos me brindaron, de sus manos recibí ricos alimentos que me nutrieron quizás más de la cuenta; de la generosidad de mi padre, que fue muy solícita, recuerdo con nostalgia aquel carro blanco, grande, donde podía sentarme y dándole pedal sin mucho esfuerzo, andaba por la casa y por la calle en frenética carrera contra el viento que hacía flotar mi larga cabellera de nazareno prometido al cielo.
Mi padre, Tomás Ramón, llegó a ser Alguacil y Secretario del Tribunal. Por las injusticias de la política de turno, fue despedido, sin habérsele pagado sus prestaciones legales. Desde ese entonces le empecé a notar su desprecio por los fanáticos políticos y su inclinación por las ideas del dirigente chino Mao Tsé-tung (1893-1976), de tal forma que fue identificándose con el comunismo.
Por su habilidad en la redacción escrita y mecanográfica y su experiencia en asuntos legales se puso a trabajar como gestor de documentos, bajo el amparo de varios abogados, muy amigos suyos.
Estando por los seis años, en 1975, me inscribieron en el primer grado en la Escuela Francisco de Borja y Mora, el Alma Mater de ese entonces. Allí, gracias a que sabía leer y escribir, me fue fácil los estudios. De hecho saqué muy buenas notas.
En esos años me empezó la enfermedad del asma, la cual hacía que me tuvieran ciertos cuidados adicionales. Recuerdo que mis padres, en el afán de curarme de esta dolencia, me dieron a beber cosas muy extrañas, como sangre de un ave llamada arrulí, de murciélago, jugos, jarabes y preparados de plantas y otras cosas de sabores a veces repugnantes, otras veces deliciosos.
Mi niñez, durante estos años es bastante integradora. Al llegar el año de 1979, contando con 10 años mi padre decide inscribirme en la Escuela Granja de El Rodeo, en Rubio para hacer el quinto grado; debido a que su vida matrimonial empieza a tener problemas y mi madre viaja a Valencia, con mi única hermana Onilde Tibisay.
En esa escuela con internado, que más parecía un reformatorio de menores, no pude integrarme: era un completo caos; no habían valores, mala alimentación y me robaban las cosas mías del escaparate de hierro que me asignaron. Sólo estuve allí por tres meses. Regresé a estudiar a la Escuela Francisco de Borja y Mora, donde a pesar del descontrol en el estudio y los problemas hogareños, logré pasar al siguiente año escolar.
En 1980 por la ausencia materna y la incomprensión paterna, mi vida estaba dividida. Mi padre notándolo, arregló las cosas y me mandó con una prima donde mamá a Valencia. Para ese viaje me dio 200 Bs. El pasaje en bus costaba 40 Bs.
¡Grande fue la alegría cuando pude abrazar de nuevo a mi madre! ¡Casi había pasado un año sin verla y me hacía mucha falta!
Allí en Valencia empecé a estudiar el sexto grado en la Escuela Francisco Espejo. Mi madre con sus ahorros pudo comprar un ranchito de cartón piedra y láminas de zinc de una sola pieza, en unos potreros invadidos de la zona sur, donde no había carretera asfaltada, solo de tierra, que cuando llovía se inundaban y parecían lagunas; tampoco tenía electricidad, ni agua ni cloacas. El Agua potable la comprábamos a los camiones cisternas o la recogíamos en toneles cuando llovía, las cloacas eran las calles abandonadas o los terrenos olvidados y la luz se pudo traer con el tiempo por sobre postes de madera con cables propios.
Al año siguiente, en 1981, como había pasado al primer año, mi madre me inscribió en el liceo Bartolomé Oliver que me quedaba bien lejos de mi ranchito. Tenía que tomar tres busetas y salir a las seis de la mañana para llegar a la hora de entrar.
Las cosas se fueron complicando: Por un lado el asma, por el otro la fuerte humedad del sitio donde vivía y las necesidades económicas que como familia teníamos. Así que decidí empezar a trabajar limpiando los vidrios de los autos en las bombas de gasolina, generalmente por un real o un Bolívar que le daban a uno los chóferes, tenía 12 años.
Después llegué a vender arepas, empanadas y pan: Pero un día descubrí que vender café en el parque de diversiones era más rentable. Así que los fines de semana me llevaba tres termos grandes y los vendía todos. A veces me quedaban hasta 70 Bs. que en ese entonces era buen dinero. Uno de mis placeres favoritos en esos días era gastar parte de las ganancias en los carritos de carrera y los carritos chocones, entre otras diversiones que ese inmenso parque ofrecía a los visitantes, que ahora por cierto es conocido como el Big Log Center, al lado del Terminal de Valencia.
Por los factores antes mencionados y la falta de motivación apropiada perdí ese año escolar. Me inscribieron como repitiente en 1982. Ese año fue similar, sólo que incursioné en las ventas ambulantes de buñuelos y después me dieron un carrito de helados Efe, por cierto bien pesado, con el cual recorría las calles de la Urbanización El Trigal, vendiéndole al público en sus casas.
En esos días recuerdo que la barquilla súper tornado costaba 3 Bs, en las bajadas pronunciadas me subía al carrito y me divertía mucho. Un día pasaba por una calle donde habían botado en una caja muchas revistas de mecánica popular. Las recogí y las llevé a casa. Pero una tarde memorable, me senté a comerme mi almuerzo constante de dos arepas rellenas de perico y un refresco. De repente me puse a pensar en mi vida, en lo que hacía, en mi familia, en mi futuro, en fin, fue un momento de grata introspección donde decidí que tendría que hacer un cambio en mi vida y mejorar en todos los aspectos.
Por esos días conocí a la familia Morillo y Cerón de quienes aprendí, sentado en una lata de leche en polvo, la importancia de conocer al verdadero Dios, Creador de todo lo existente y de su verdadera sabiduría.
A través de aquellas hermosas diapositivas y de los discursos que el Dr. Milton Peverini García de la Voz de la Esperanza nos ofrecía cada noche, junto al estudio personal que hice de las Sagradas Escrituras, pude entender lo maravilloso del mensaje de salvación espiritual que el Amante Hacedor nos ofrecía. Sentí el impulso regenerador de encaminar mi sendero por el “Camino Angosto” hacia la Vida Eterna.
Con el fin de convalidar esa fe renovada, el día miércoles 3 de julio de 1983, en las horas de la noche, me dirigí a las aguas bautismales de donde me levanté como un nuevo integrante de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.
Explorando nuevos lugares, voy a Caracas, donde vivo algunos meses en casa de mi tía Rosa y allí llego a vender libros, revistas y perros calientes.
Se presenta la ocasión y siento el llamado de seguir estudiando en el Instituto Vocacional de Venezuela en Nirgüa Estado Yaracuy, un colegio interno de secundaria, donde llegué con cuatro maletas y dispuesto a aprobar las materias que me faltaban en octubre de 1984, gracias a que mi madre vendió el ranchito de Valencia y con ese dinero pagó parte de mi matrícula.
Este colegio fue la mayor inspiración que haya tenido en mi vida. Allí aprendí técnicas de estudio, trabajé cuidando el auditórium y en la portería. De igual forma me acostumbré a la buena cocina vegetariana, la cual me ha sido de gran ayuda en mi vida física y espiritual. Sus profesores me enseñaron los valores y los principios de una vida exitosa y cuando llegó el fin de ese año escolar en 1985, en que tenía que partir, lloré al despedirme del mismo, pero tuve muchas bendiciones al salir, a tal extremo que mi madre contrató un carro particular porque entre los regalos y los libros había acumulado 24 cajas de equipaje.
Llegué a Abejales, a casa de mi padre. El pueblo había cambiado. Habían nuevas carreteras, nuevas casas y nuevos vecinos. Empiezo mi segundo año de bachillerato u octavo año como le dicen ahora con muchas expectativas. Gracias a Dios, al estudio y la disciplina logré estar en el cuadro de honor del liceo Isaías Medina Angarita con un promedio final cercano a los 20 puntos en 1986.
Continúo con el 3er. Año, en el cual alcanzo a ser presidente de la Sociedad Bolivariana y todos los martes tenía que decir algunas palabras a todos los alumnos del liceo. Llegué a ser conocido como “El Mister”. Sin embargo, la tragedia enlutó nuestra familia. Mi padre fue arrollado en un accidente de tránsito, en la vía nacional y murió el 22 de abril de 1987.
La seguridad de nuestra estabilidad económica se acaba y empiezo a trabajar haciendo documentos legales bajo la firma del Dr. Efraín Arias González. Culmino el tercer año con buenas notas.
En febrero del año 1988 realizo un curso básico de música en San Felipe Estado Yaracuy.
En 1989 consolido la amistad con una familia muy especial: Los García Guevara, de quienes aprendí los valores familiares, los mejores principios cristianos y de sus niños recibí mucho cariño y afecto que me sirvieron en ese difícil trance de perder a mi padre. Puedo evocar que sobre aquella hamaca, situada cerca del tanque de agua, donde a lo lejos se contemplaba el horizonte de un campo en proceso de crecer, donde nos mecíamos y reíamos al disfrutar de gratos instantes y deliciosas comidas… Allí estaba el niño Millivath, con su creciente inteligencia que desbordaba en las pruebas de conocimiento que a veces hacíamos; Kavir, con su nobleza y fortaleza incipiente que demostraba cada vez que podía; Marquitos, con su constante curiosidad por lo desconocido y a veces beligerante con sus hermanos. Jaimito, el más sensible quizás, con su ternura y la capacidad de llorar fácilmente. Marita, hermosa niña de estilizada belleza infantil, que alegraba a todos por lo juguetona y Lehydita, la preciosa niña que cautivaba con su mirada profunda y soñadora, la que con sus ojitos de esmeralda derretía la mirada de todos y nos inclinábamos ante su beldad. Ese mismo año fundo el periódico “El Admirable”.
En 1990 sigo estudiando el 4to año de bachillerato en la E.T.A. Isaías Medina Angarita, donde tuve un notable desempeño y llegué a representarlos en eventos estadales como la IX Olimpiada Venezolana de Química por el Cenamé y el Programa Galileo de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho.
Entre 1990 y 1992 por el trabajo social se me encomienda la responsabilidad de ser el Secretario de Actas y del Tribunal Disciplinario y el Vicepresidente de la Red de Emergencia y Transmisiones 2 YX 1000 Abejales por la Federación Venezolana de Radio Comunicaciones Personales, donde se hizo una obra encomiable que es la génesis de la actual Defensa Civil del Municipio Libertador.





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