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Biografia de Aldemar Correa

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Cine y TelevisiónAldemar Correa (0000-0000) Cine y Televisión
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Aldemar Correa hasta los cinco años creció con los abuelos en Ituangoen el norte de Antioquia en Colombia, en una casa campesina de puertas abiertas que muestra con impecable holgura las pulcritudes del interior, los muebles, las personas, el aire perfumado de naturaleza, la libertad de la vida circulando sin misterios y el discurrir parsimonioso del tiempo. De esos primeros sorbos de niñez, él adoptó un comportamiento silvestre, en el que da igual estar desnudo o cubierto con bufanda y pasamontañas. “Soy impúdico. Nada más evidente que la naturaleza”.
De aquella finca recuerda en especial una noche, perdido en el campo. Tenía cinco años y las nubes eran una danza que escondía y develaba la luna ante los ojos de mapache del pequeño Aldemar. Llegó a casa bien tarde, quizá en la madrugada, y tras un regaño, un abrazo y unas lágrimas, se fue a la cama pero se demoró en dormirse. La experiencia lo cambió. Lo volvió otro. Y poco o nada lo sorprende ahora.
Aún a los veintiséis años sale a caminar en la noche. Se pone sus tenis, jeans y chaqueta y se encamina a espiar almas, como un gato robándole miradas a la gente, por eso dice que le encanta el séptimo arte pues en él se puede gritar, llorar y bailar y nadie se inmuta. Aldemar desprecia las discriminaciones y los rótulos.
Hijo de una familia de firmes principios, Aldemar era un estudiante promedio del Colegio Bolivariano de Medellín. Se destacaba en fútbol, y más adelante en natación. Las únicas breves excursiones en la actuación fueron los desfiles de los actos cívicos y en un Día Cultural en que “con mi hermano hicimos el 'oso' declamando una poesía a dos voces”.
Aldemar terminó el colegio y gracias a un trabajo de “patinador” de estrados judiciales se vislumbraba como un formidable abogado porque a los seis meses ya redactaba demandas, interponía recursos y era amigo de los secretarios de despachos. “Lo de las demandas fue fácil: sólo era copiar minutas”. Al poco tiempo se aburrió, le pareció que la abogacía es ardua y circular, plana y repetitiva. Inició ingeniería ambiental pero a los pocos semestres conoció a un grupo de actuación “y le dije a mi mamá que mi decisión era ser actor profesional, que iba a suspender la carrera”.
Estuvo en tres academias de actuación en las que contó con tres crudos y generosos maestros. La orden de Di Prietro era: “Róbele al mundo, que este mundo no es de nadie”. Vilma Sánchez le decía que a veces parecía un alma en pena. Y para la serie del Vuelo 1503 le enseñaron a jugar con las luces y las sombras, tener en cuenta cada uno de los detalles del escenario y manejar el cuerpo con la coordinación de un gimnasta. Ha sido casi una década al servicio del cuerpo interpretando otros cuerpos, y la cual empezó con la deserción de la universidad, el nacimiento de un primogénito y los días en que vendía implementos de aseo, y ahora llega por unos instantes al puerto amable de la vida.
Se entendió con Simón Brand porque creen en la escuela del oficio. “Cuando dicto conferencias en universidades les digo a los estudiantes que seis años de academia no les va a enseñar tanto como un día de rodaje”, dice el director que desde un principio halló en Aldemar a un actor que respeta las órdenes y el libreto y que además lo enriquece con una infinidad de posibilidades corporales. Llegó al director durante los casting para Paraíso travel. “Cristina Umaña me recomendó. Esa primera prueba le gustó a Simón y fui citado para que a los ocho días presentara cuatro escenas de la película”. Estando en la casa de Jorge Franco, unas semanas después, “me avisaron a quemarropa que yo sería Marlon”.
Con John Leguízamo comparte Aldemar una coincidencia que los define como dos trashumantes de la calle. Ambos conocen Chapinero, lo han caminado, saben que es el punto limítrofe donde en relativa paz se citan las caras de todos los estratos. Leguízamo ama a Chapinero, nació en la clínica David Restrepo y allí vivió y lo defiende, lo siente suyo y quizás por eso le insistió a Aldemar sobre la memoria del cuerpo, pues para este Paraíso travel en versión de cine es ideal por ser una historia urbana.
La primera vez que Aldemar se vio como Marlon fue en la discoteca Salomé. Asistió allí para aprender a bailar salsa, pues el guión así lo exigía, y de paso examinar las primeras señales de ese nuevo amigo llamado Marlon. Lo encontró torpe e inseguro, y un detalle lo desanimó: se paraba inclinando su cuerpo sobre la izquierda. Él lo hace sin inclinaciones. Su eje es el centro. No le gustó.
Vino a quererlo cuando calzó sus zapatos. “Armo todos mis personajes desde el calzado”, dice el actor que ahora camina de lado. Una estrella que seguramente brillará con luz fuerte.

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